Casi 35 grados de térmica y muchos más allí abajo, en el corazón de una cisterna enorme que albergará agua de lluvias. El vecino, uno de tantos, pasa el fratacho, fuerza una sonrisa a la cámara y trata en vano de secarse la transpiración. A metros del río Anisacate, zona turística si las hay, familias que carecen del servicio esencial se organizaron para “cosechar” agua de lluvia y paliar la carencia. No están solos: intervienen la Subsecretaria de Agricultura Familiar del Ministerio de Agricultura de la Nación, la Municipalidad local, la ONG Grupo de Estudio y Trabajo en Ámbitos Locales (GETAL) y el INTA Prohuerta.
Son unas 35 las familias de Villa Río que dan fuerza al emprendimiento. Se organizan en cuadrillas de unas ocho personas, mujeres y hombres peleando por el sueño y el derecho de tener agua, nada menos. “La red llega hasta el barrio la Ribera, llevo toda la vida aquí y nunca tuvimos agua” relata una vecina, mientras supervisa el trabajo bajo un calor más que intenso.
El mecanismo es sencillo: el agua de lluvia cae en los techos, ingresa a unas cañerías, es filtrada y luego acumulada en grandes cisternas construidas cerca de las viviendas. Luego, una bomba la impulsa al tanque doméstico, y allí queda disponible para el uso familiar. Obviamente, no se trata de agua potable, sino de líquido destinado a higiene personal, limpieza doméstica y riego. “Aunque algunos la están tomando” refiere un vecino, que sigue comprando agua potable en Alta Gracia, y completa: “Esto es un paliativo, pero sirvió para unirnos”.
En rigor, el proyecto se denomina “Apoyo a la gestión institucional para el acceso al uso de la tierra y servicios básicos con fines de seguridad y soberanía alimentaria y uso sustentable de los recursos”. Es que no es sólo juntar agua, sino despertar solidaridad, refrescar lazos y fomentar actividades productivas.
Todo a pulmón
Las familias comprometidas con el proyecto realizan un esfuerzo notable; con paciencia y dedicación, dedican sus fines de semana a construir los módulos de manera comunitaria. Erigir cada cisterna en ferrocemento, por caso, lleva unos cinco días: se trata de una estructura de hierro y tejido galvanizado, recubierta de cemento. “Las familias se capacitaron en la construcción de cisternas con la técnica de ferrocemento, y las instituciones aportaron fondos y formación técnica” cuenta el ingeniero Alejandro Benítez, del Pro Huerta. “Los primeros recursos aparecieron a mediados de diciembre, y en la actualidad se puede decir que el 20 % del proyecto esta ejecutado” completa, a la vez que se entusiasma en llegar al objetivo, “instalar una capacidad de acumulación total de 350.000 litros”.
La loable iniciativa desnuda la falta de infraestructura en la zona. En Villa Río no tienen posibilidades de conexión a la red de agua ni pozos, o están secos los que había. El proceso comenzó a gestarse un año atrás, y tiene su mayor fortaleza en la unión y la solidaridad de los vecinos. Es destacable también la articulación interinstitucional: el ente nacional aporta unos 200 mil pesos, el INTA asesoramiento técnico y la flamante Municipalidad de Anisacate, áridos y mano de obra.
Alejandro Caminos, presidente de GETAL, destaca que “desde lo que en su momento era la comuna y GETAL venimos impulsando este proyecto desde hace cuatro años” y refiere que “si no hubiera existido ese proceso, hoy este proyecto no sería posible”.
Habrá que aprender, entonces. La unión hace la fuerza y la fuerza lo hace posible. Sin dejar de exigir lo que les corresponde por derecho, estos vecinos meten mano para transformar su propia realidad.


